Cada vez le costaba mas respirar. El calor asfixiante del desierto ya próximo y el agotamiento tras largas jornadas de marcha habían hecho mella en su cuerpo y en su ánimo.
Su victoria...sonrió con ironía al recordarla, tan espectacular como efímera. Al día en que derrotó al enemigo le siguió la noche en que comenzó a huir. Y aún seguía huyendo...
Llevaba demasiado tiempo con esta misión, ya no imaginaba su vida sin ella, por ella había denunciado lo que estaba mal en el Reino y resistió más de tres años en el exilio sobre viviendo apenas a pan y agua. Y cuando llegó el momento de volver para triunfar, después de tantas penurias...
Agito la cabeza de lado a lado, no tenía sentido recordar aquello, acabar con los enemigos no había hecho que las cosas cambiasen; de hecho, él, seguía huyendo...
La presión en le pecho se hizo más fuerte. Era como si una enorme piedra le aplastara por dentro...
Un poco más, se dijo. Sólo hasta aquel árbol, pensó, pidiendo a su cuerpo agotado un ultimo esfuerzo. Más allá sólo se distinguía la línea borrosa de las colinas del desierto con las últimas luces de la tarde.
Nada, vacío, soledad.
Se dejó caer, exhausto, bajo el árbol. En su boca reseca la lengua se pegaba al paladar y los escasos trinos de los pájaros se oían cada vez más lejos...
No supo cuánto tiempo había pasado así, dormido, semi-inconsciente, cuando una mano le sacudió y una voz le dijo:
¡¡Levántate!!, come, bebe.
En el suelo, frente a él, pudo ver una jarra de agua y un trozo de pan.
Se incorporó a duras penas y bebió y comió hasta que no quedó nada, después volvió a dejarse caer sumido en el sopor de la noche.
De nuevo alguien le despertó y le dijo:
¡¡Levántate!! come, bebe, que el camino es largo.
Y Elías se levantó y comió y con las primeras luces del alba continuó su camino para atravesar el desierto.
Y Elías caminó y caminó. Durante cuarenta días cruzó el desierto, superó la prueba y llegó al monte de Dios. Descubrió, después de este proceso que Dios no estaba en el poder destructor del terremoto, ni en las señales espectaculares como el rayo, ni en la devastación del huracán, sino en la sencillez de una brisa suave que acarició su rostro.
Todos los seres humanos, en algún momento de sus vidas, pasan por situaciones en las que la tristeza, angustia, desesperación o desánimo parecen haberse hecho los dueños de su vida.
El apetito y el sueño se hacen esquivos o se convierten en sustituto de cualquier otra actividad, desaparece la iniciativa y en ocasiones hasta la capacidad de pensar con lucidez. Parece que el mundo se acaba, que la vida no tiene sentido y que todo lo que hemos hecho hasta ahora fué un error. El cuerpo se rebela y da la impresión que quiere dejar de vivir, sin ganas de nada, sólo pensando en dormir...definitivamente.
Estas temporadas de "bajón" son normales en determinadas etapas del ciclo vital.
- Puede ser que necesite un tiempo de descanso tras una temporada de agotamiento físico o mental.
- Puede ser que necesite tiempo para adaptarse a cambios profundos y repentinos en tu vida: pérdida de un ser querido, un empleo, un nacimiento, o cualquier otro cambio vital trascendente.
- Puede ser que te encuentres en un proceso vital en el que esos cambios los debes iniciar tú, para poner en orden pensamientos, sentimientos y acciones...
En ocasiones, cuando uno está inmerso en esa situación no se da cuenta de ello, y necesita que otra persona, desde fuera, le sacuda, como a Elías y le ayude a ponerse de nuevo en camino.
- ¡Levántate! ponte en pie, se consciente de tu dignidad como ser humano.
Tomaté un tiempo para ti mismo/a, escuchate. ¿Qué es lo que te motiva para seguir viviendo? - Come, Bebe... Cuídate. El cuerpo es nuestra herramienta para la vida, inseparable del alma, o de la parte espiritual. Somos indivisibles y las emociones que vivimos se manifiestan en nuestro cuerpo e interactúan con él. Si mejoramos uno, también influye en lo otro.
- Que el camino es largo. Esto no es el final, mientras se vive hay una tarea que completar, una misión que cumplir. ¿Cual es la tuya? ¿Qué te motiva a vivir? Es preciso recuperarse, tomar el alimento necesario, para el cuerpo y el espiritu, y continuar el camino.
Somos parte de una historia que continúa, una historia tejida con fragmentos sencillos de acciones cotidianas y pequeños y grandes gestos de amor para con los otros, que pueden parecer insignificantes, pero si no aportamos nuestro granito de arena, esa historia será distinta, incompleta...
¿Cuál es tu granito de arena en la gran historia de amor y supervivencia de la humanidad?
(Puedes leer 1 Reyes 17-19 para conocer toda la historia)